Antes de aprender a parar,
aprendí a sostenerlo todo.
Hay cosas que aprendemos en determinados momentos de nuestra vida porque nos ayudan a seguir adelante. Aprendemos a anticiparnos, a resolver, a adaptarnos a las circunstancias y a responder a lo que se espera de nosotros.
Son herramientas que, en su momento, nos resultan útiles. Nos ayudan a desenvolvernos, a afrontar situaciones difíciles y a construir una identidad alrededor de aquello que sabemos hacer bien.
Vamos construyendo una imagen de quiénes somos a partir de nuestras experiencias, nuestros roles, las expectativas que asumimos y aquello por lo que recibimos reconocimiento. Y puede que, con el tiempo, nos identifiquemos tanto con esa imagen que olvidemos preguntarnos quiénes somos más allá de ella.
Seguimos haciendo, resolviendo y sosteniendo. Nos ocupamos de lo que sucede a nuestro alrededor, de las necesidades de los demás y de todo aquello que requiere nuestra atención. Desde fuera, incluso puede parecer que todo va estupendamente. Pero, a veces, aparece una sensación difícil de explicar, como si faltara algo, aunque no sepamos muy bien qué.
Durante mucho tiempo, yo también viví así.
Quizá no necesitamos hacer más. Quizá necesitamos parar un momento y preguntarnos desde dónde estamos viviendo.
La mayor parte de mi vida profesional la he dedicado a la producción audiovisual, en un entorno de mucho ritmo y alta exigencia. Siempre me ha gustado hacer las cosas bien, encontrar soluciones y conseguir que todo salga adelante. Y cuando eres exigente contigo misma, el reconocimiento llega. Que valoren lo que haces sienta bien; el problema aparece cuando, casi sin darte cuenta, empiezas a necesitarlo un poquito más de la cuenta.
Tras la muerte de mi madre, decidí dejarlo todo y marcharme a México. Allí me formé como instructora de buceo técnico en cuevas y me dediqué a ello durante seis años.
Quería cambiar de vida, alejarme de la vorágine profesional y encontrar otra manera de estar en el mundo. Aunque, visto ahora, hay algo curioso en mi elección: me dediqué a una de las modalidades de buceo más exigentes que existen.
Sin embargo, aquella fue una de las etapas más felices de mi vida. México, su gente y su cultura me marcaron profundamente y me abrieron a otras formas de sentir y entender el mundo.
Bajo el agua no hay espacio para la prisa ni para la distracción. La presencia, la calma y la atención no son una elección: son lo que te mantiene con vida.
Respirar, escuchar, confiar.
Aquellas inmersiones y aquel ritmo de vida diferente me acercaron a algo que había dejado en segundo plano: la posibilidad de mirar hacia dentro y escucharme.
Tuve que dejar el buceo por una dolencia en la espalda y regresé a España. Estudié cocina, abrí mi propio restaurante, retomé la producción audiovisual y, más adelante, dirigí un restaurante-club en Ibiza.
Me gustaba aprender, crear y poner proyectos en marcha. Mantenerme ocupada era una manera de encontrar estímulo, orientación y reconocimiento; una forma de sentir que avanzaba, aunque a veces avanzara en círculos.
Sin embargo, algunas inquietudes volvían a aparecer y repetía patrones que ya no me ayudaban. No sabía cómo estar conmigo misma sin estar en movimiento. Mientras me ocupaba de todo y de todos, me dejaba a mí misma en un segundo plano.
Hasta que apareció una pregunta: Si dejo de hacer… ¿quién soy?
Comencé a explorar diferentes caminos de autoconocimiento. Inicié mi camino con las plantas maestras y la meditación, y poco a poco fui acercándome a otras prácticas y terapias integrativas, como las flores de Bach y el biomagnetismo.
Aquella búsqueda fue abriendo nuevas perspectivas y transformando mi manera de comprenderme. Me formé como terapeuta capacitada en terapia LNT® y profundicé en el trabajo corporal y las prácticas de respiración consciente. También descubrí prácticas tradicionales como el rebozo mexicano, que hoy forma parte de mi manera de acompañar.
Más allá de cada disciplina, me interesaba comprender mejor al ser humano y descubrir otras formas de escucharnos. Aprendí a prestar atención a lo que sentimos, a habitar el cuerpo y a reconocer que nuestra experiencia va más allá de lo que podemos explicar desde la razón. Poco a poco, fui ampliando mi mirada hacia las dimensiones física, energética y espiritual de la persona.
Con el tiempo, todo ese recorrido fue encontrando su lugar. Lo que había comenzado como una búsqueda personal se convirtió también en una forma de acompañar a otras personas.
Así nace SOMA•SPHERE: un espacio para detenernos, habitar la presencia y abrirnos a lo que sentimos. Un lugar para reconocer nuestros propios recursos, encontrar nuestro centro —ese lugar propio desde el que relacionarnos con la vida— y reconectar con nosotros mismos, más allá de los roles y las exigencias que a veces nos alejan de nuestra esencia.
Mi manera de acompañar integra el trabajo corporal somático, la respiración consciente, el movimiento y otras herramientas, según la naturaleza de cada experiencia y las necesidades de cada persona.
No se trata de aplicar una fórmula ni de encontrar respuestas iguales para todo el mundo. Se trata de crear las condiciones para que cada persona pueda explorar su experiencia y encontrar sus propios recursos.
Para mí, acompañar consiste en ofrecer un espacio de escucha, presencia y confianza. Un espacio en el que no necesitamos tener todas las respuestas de antemano, sino que podemos detenernos, observar, sentir y dar lugar a lo que va apareciendo.
Presencia · Centro · Reconexión
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