Antes de aprender a parar, aprendí a sostenerlo todo.
Durante muchos años pensé que el éxito consistía en hacer más. Aprendí muy pronto a relacionar mi valor con hacer las cosas bien, responder, ser responsable y no fallar.
Esa forma de estar en el mundo me acompañó también profesionalmente: primero en el diseño gráfico y después en la producción audiovisual, entornos creativos y exigentes donde aprendí a resolver, anticiparme y sostener.
Y durante mucho tiempo pensé que precisamente ahí estaba mi fortaleza.
La primera vez que aprendía a estar
Tras la muerte de mi madre me marché a México y comencé una etapa completamente distinta como instructora de buceo en cuevas.
Bajo el agua no hay espacio para la prisa o la distracción. La presencia, la calma y la atención no son una elección.
Respirar. Escuchar. Confiar.
Con el tiempo comprendí que aquellas inmersiones habían sido, sin saberlo, mi primera práctica de presencia. Y que la naturaleza y aquel ritmo de vida diferente estaban despertando algo que había olvidado: vivir no tenía por qué significar correr.
Cambiar de escenario no siempre significa cambiar de lugar
Regresé a España. Estudié cocina, abrí mi propio restaurante, continué trabajando en producción audiovisual y más adelante asumí la dirección de un restaurante-club en Ibiza.
Había cambiado de escenario, pero había vuelto al hacer. A sentirme valiosa cuando respondía, resolvía y sostenía.
Hasta que apareció una pregunta que ya no pude seguir posponiendo: